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Bioy Casares, amante de las mujeres y los autos

Para Adolfo Bioy Casares (1914-1999), la velocidad era otra forma de la sensualidad. Ufano de su cuerpo atlético y sus dotes de casanova, el escritor argentino decía: "nada mejor que subir a un auto con una mujer bella y terminar en la almohada".
Eduardo Bautista
27 octubre 2016 21:56 Última actualización 28 octubre 2016 5:0
Siempre soñó con ser piloto de la F1 o campeón de Roland Garros. (Especial)

Bioy Casares siempre soñó con ser piloto de la F1 o campeón de Roland Garros. (Especial)

Su paraíso consistía en un Rolls-Royce y una mujer hermosa. Para el escritor argentino (1914-1999), la velocidad era otra forma de la sensualidad. Ufano de su cuerpo atlético y sus dotes de casanova, decía: “nada mejor que subir aun auto con una mujer bella y terminar en la almohada”.

Siempre alejado del cliché intelectual, rechazaba que el escritor fuera un ratón de biblioteca; lo suyo era el aire libre, el deporte, el juego. Siempre el juego. La cancha. El boxeo. El rugby. Adolfo Bioy Casares ejerció la lírica del deporte con gracia excepcional.

Quien cuenta todo esto es la periodista Silvia Renée Arias, su amiga, confidente y ahora autora de Bioygrafía. Vida y obra de Adolfo Bioy Casares (Tusquets), el libro que aborda la historia de este escritor porteño que hubiera dado su vida por ser campeón de la Fórmula Uno.

Así recuerda la reportera –en su libro y en entrevista– algunos de los episodios más emblemáticos en la vida de Adolfito.la pasión por el automovilismo

Sus amigos tenían un hermoso
Lincoln. Amaba los Rolls-Royce y los Bugatti. Sus tíos tenían coches muy costosos para la época. Era, además, amigo del gran piloto argentino Carlos Alberto Menditéguy. Soñaba con ser ingeniero automotriz. Incluso en algún momento pensó en ser corredor de F1, pero su esposa Silvina Ocampo le dijo que bajo ninguna circunstancia él se iba a dedicar a eso.

El sueño nunca realizado presenciar una carrera de la Fórmula Uno
En 1997 estuvo a punto de asistir al Gran Premio de Argentina. Silvia le había conseguido un palco increíble, pero el médico le prohibió asistir por su avanzada edad y un resfriado terrible. “Me lo dijo casi llorando”, recuerda Silvia. Bioy moriría dos años después.

Su poesía favorita: la lírica del automovilismo
Le encantaba el diseño de los autos, la velocidad y la competencia. Era un apasionado de la ingeniería automotriz. Le fascinaban las matemáticas, pero sobre todo esa inteligencia razonada que se necesita para construir un coche; la misma que utilizó para escribir algunos de sus libros, como Plan de Evasión (1945), cuya resolución es matemática. Los autos son un tema recurrente en su literatura.

El pasatiempo preferido: pasear con alguna mujer en un automóvil
Su idea de los motores siempre estuvo muy relacionada con el romance. Cuando visitaba el Museo del Automóvil, suspiraba al ver los coches. Solía recorrer Francia con su pequeño Renault. Conducir le brindaba una noción de fuga y aislamiento; era su concepto de la libertad.

Fetiche
En palabras de Bioy: “Un hermoso Volvo modelo 82, full, con aire acondicionado. Una delicia. Es mi amante. Tanto me gustan los coches, que me da vergüenza”.

Frustraciones
La imposibilidad de charlar sobre automovilismo con sus colegas, entre ellos su entrañable amigo Borges. Silvia Arias, reportera de F1, era la única con quien podía hablar sobre el tema. Ella conoció a Enzo Ferrari en Módena; Bioy, sencillamente, no podía creerlo. La periodista también recuerda otro momento difícil: “sus lágrimas el día que debió aceptar que fuera yo quien pagara el almuerzo, habida cuenta de sus penurias económicas”. Su hija murió víctima de un accidente automovilístico en 1995.

El barrio preferido
Nació y vivió mucho tiempo en Recoleta, una de las zonas más exclusivos de Buenos Aires. Aquí cantó Carlos Gardel en los años 20, en un extinto cabaret llamado Armenonville. En este lugar se encuentra la sede del Automóvil Club Argentino.

Deportes favoritos: el tenis y el automovilismo
Siempre soñó con ser piloto de la F1 o campeón de Roland Garros. Amaba el olor de las pelotas de tenis. Y por supuesto, ir a jugar y encontrarse con sus amigas, con quienes después iba a tomar el té. O lo que surgiera... Siempre veía los partidos de Gabriela Sabatini, de quien estaba enamorado. De hecho, fue campeón juvenil en Buenos Aires. Jugaba contra William Robson, un gran tenista argentino a quien respetaba mucho. William, de broma, le decía: “¡Pero Adolfo, tú corrés y corrés y nunca alcanzás una pelota mía! ¡Vos siempre andás escribiendo tonterías!”.

Infidelidad
La veía como un aspecto inherente e ineludible de la vida. Más bien creía en la lealtad. Sobre todo hacia su esposa Silvina Ocampo, a quien hirió muchas veces.

Elena Garro
La conoció en París y la amó con desesperación. Ella tenía 29; él 34. No fue sencillo enamorarse de la mujer de Octavio Paz. “Elena adorada: no te asustes de que te quiera tanto”, le escribió el 8 de septiembre de 1951. Sólo se quedó con dos recuerdos de ella: un pasaporte y un zapato.

El boxeo
Lo practicó durante su adolescencia, pero lo abandonó cuando un italiano 10 años mayor que él le propinó una paliza.

El rugby
Lo jugó por varios meses, pero cuando lo nombraron capitán del equipo, renunció. Durante su etapa como timonel, el club no tuvo mucha actividad, lo cual le hizo pensar que quizás no estaba muy capacitado en el manejo de la gente.

Sus héroes
Casi todos eran deportistas. Admiró mucho a Charles Paddock (1900-1943), el atleta estadounidense que corrió 100 metros en menos de 10 segundos, un récord sorprendente para la época. Bioy siempre prefirió a los perdedores; decía que había algo de vanidad estúpida en la gente que quiere ganar a toda costa. “Al final todos vamos a perder en esta vida”, sostenía.

Diego Armando Maradona
“¡Qué terribles y qué abaratados son los ídolos de hoy!”, le dijo Bioy a Silvia cuando la Argentina se rindió ante El Pelusa.