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CULTURAS

Belleza que de tanta no se siente y se habita

El Museo Nacional de Antropología es una joya arquitectónica por su grado de habitabilidad y su innegable concepción estética. La belleza le va tan bien a este edificio que ni se le nota.
Mauricio Mejía
16 septiembre 2014 19:49 Última actualización 17 septiembre 2014 5:0
El Museo Nacional de Antropología es una de las mayores bellezas arquitectónicas del país. (Foto: INAH)

El Museo Nacional de Antropología es una de las mayores bellezas arquitectónicas del país. (Foto: INAH)

Adolf Loos, el gran arquitecto austriaco, sostuvo que el espíritu moderno es un espíritu social. Enemigo del ornamento (esa fraseología de la que habló Karl Kraus) y del diseño, que busca antes el asombro que la funcionalidad, Loos apeló siempre a la planificación de espacios integrados en una estructura para ser vivida. Ajena, dijo, a cualquier “efecto de fotografía”.

La construcción del Museo Nacional de Antropología, hermoso escenario, cumple satisfactoriamente con las exigencias de Loos. Uno vive el recinto en cada ocasión en que se visita. Hay un sentirse dentro de. No es casual que sea uno de los lugares más revisitados por los mexicanos y por los extranjeros. La belleza le va tan bien que ni se le nota.

En términos de Loos, hay una experiencia y un experimento continuos. Lo natural y lo imperceptible se confunden en el paseo. Lo que vale de mucho puesto que los museos suelen repeler a una buena cantidad de personas (sobre todo jóvenes, obligados por los profesores a llevar una libreta, una tableta o un celular para cumplir con la obligación de la tarea y la boleta de calificaciones) abrumadas por el almacén de historia.

La habitabilidad hace posible que lo artístico (vaya que lo es) se mezcle con lo funcional. La vigencia de la obra debe presumirse porque el espíritu social moderno se impone todos los días al falso discurso del ornamento, que tanto se nota en otras construcciones modernas como la Estela de Luz.

El viajero que rebasa la puerta de entrada, goza, casi de inmediato, de una aventura espacial: no se traslada al pasado (como suele ser habitual en un museo), no; es el pasado el que se toma un pasaje al presente, como si temiera no ser del todo escuchado.

Esa dislocación de tiempos no se nota. El habitante de los tiempos, el ser humano, mantiene durante toda su estancia en el inmueble una comunicación íntima con lo que fue, pero sobre todo con lo que pudo haber sido. No hay ninguna imposición en este perfil tridimensional del diseño; todo es simultáneo.