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Antoine D’Agata, el fotógrafo que vive la miseria para retratarla 

Desde su adolescencia en Marsella, D’Agata buscaba ambientes, marcados por la pobreza extrema, las adicciones, la prostitución y la violencia; su trabajo busca "generar otro lenguaje, que podía enseñar esas zonas, experiencias y mundos fuera de la lógica".
Alejandro Fernández
03 noviembre 2017 20:17 Última actualización 03 noviembre 2017 20:32
© Antoine d'Agata-Magnum Photos, Videograma de la película Atlas, Zona Roja, Nuevo Laredo, México 2005

© Antoine d'Agata-Magnum Photos, Videograma de la película Atlas, Zona Roja, Nuevo Laredo, México 2005

“El peor enemigo del ser humano es el confort”. Apegándose a estas palabras, el fotógrafo Antoine D’Agata, miembro de la prestigiosa agencia de fotografía Magnum, fundada por leyendas del medio como Robert Capa y Henri-Cartier Bresson, ha podido retratar la miseria que acompañan a los habitantes de las zonas marginales del mundo.

Su participación en este mundo no es la de un mero observador; desde su adolescencia en las calles de Marsella, marcada por el punk y el anarquismo, y 10 años antes de siquiera pensar en hacer fotos, D’Agata buscaba activamente estos ambientes, marcados por la pobreza extrema, las adicciones, la prostitución y la violencia, como una forma de entender las consecuencias de la violencia económica.

La exposición "Codex: 1986 - 2016" de Antoine D'Agata, se exhibe hasta abril del próximo año en el Centro de la Imagen y recoge el trabajo que el fotógrafo ha desarrollado a lo largo de tres décadas en nuestro país. Simultáneamente es un diario de experiencias salvajes de D'Agata y un reflejo de la transformación de México en los últimos 30 años.


¿Cómo era tu vida en Francia y por qué te fuiste?

En 1983 tenía 22. Tenía 5 años de vivir en las calles en Marsella, que es mi ciudad. Ahí crecí. En ese tiempo había muchas drogas en la calle, era una cuidad sucia y violenta. Esos 5 años, con bandas. Vivimos en la calle de manera extrema y violenta. Era una época de crisis económica. El movimiento punk también en la calle, todos los jóvenes estaban muy influidos por esa cultura de calle.

Al final había que salir para sobrevivir, había que salir para quedar vivo. Para no ser víctima de la violencia que mataba y destruía a esa juventud perdida. El primer viaje fue hacia Brixton, porque ahí había motines. Tengo que explicar que siempre viví en esa mezcla de política y de violencia callejera, de drogas, de adicción.

A Londres escapé, pero al final encontré la misma cosa. (…) En Londres 2 años viví de tráfico, de esa misma dinámica oscura. Supongo que el cambio de cultura me permitió crecer un poco y vivir a la altura del deseo, del miedo, de esas cosas. Quería más del mundo de la vida. Empezó a ser como una tumba. Los jóvenes caían uno por uno. Me moví a Brixton, el barrio negro jamaiquino de Londres. Había muchas casas okupas anarquistas, había otra clase de violencia. Era un barrio muy militante. Siempre esa mezcla de conciencia política y violencia, de rabia social. El deseo, no de cambiar las cosas, pero de no ser víctima de un sistema político y económico. Después, para escapar de la adicción, viajé hacia a América del Sur y por un año viajé ahí; fue mi primera experiencia de enfrentarme al mundo grande, al mundo inmenso.


¿Cómo fue tu relación con América Latina al llegar?

Viajé 10 años antes de tomar mi cámara. En ese entonces mi única ambición era acercarme a las comunidades olvidadas, a los movimientos revolucionarios, a vivir la violencia de la calle, lo más cerca de quienes no tienen nada, que no son nada. Traficantes, prostitutas.

No había voluntad de hablar o contar, sino la voluntad de mezclarse. Esas partes donde la miseria es insoportable. Nunca fuimos solos, íbamos con grupos, bandas. Muy influenciados por movimientos políticos específicos, como el situacionismo. Los situacionistas, que nos formaron, extremos y pequeños. Nos formaron en esa violencia de la calle, en crear una consciencia política.

Viajamos a Nicaragua con los sandinistas, en El Salvador vi la guerra civil, en Chalatenongo. Hasta que acabé en las manos de los escuadrones de la muerte. Vivir la violencia desde adentro. Fue un trauma bastante fuerte.

Viaje a Asia y África, pero siempre buscando esos lugares donde aunque no había esperanza de cambiar lo que sea, sí había espacio para gritar, para luchar, para hacer algo con esa rabia que uno tenía.

Nunca fui militante, no me sentía parte de un partido. Siempre buscando un espacio dentro de la calle. Dentro de esas poblaciones que tengan, a través el vicio, encontrar maneras de existir, maneras de sentir, maneras de superar la negación misma de su humanidad, de su identidad.

Fue una experiencia muy violenta pero al mismo tiempo uno se hace muy humilde en esas situaciones, porque realmente no pertenecía a esas imágenes, siempre fui ahí por elección, esa gente nunca tuvo elección.


¿Cuál es tu posición con respecto al fotoperiodismo?

Cuando tome una cámara y empecé a desarrollar un lenguaje fotográfico, siempre me posicioné contra del fotoperiodismo, porque siempre lo vi como una profesión. Para mí, la fotografía no es una profesión, sino de trata de inventar, de generar otro lenguaje, que podía enseñar esas zonas, experiencias y mundos fuera de la lógica humanitaria, humanistas.

Quería construir una forma casi escandalosa de esas partes marginales, que obviamente son hechas de miseria y de dolor, pero también están hechos de vicio, gozo y exceso; de violencia criminal. Siempre buscando de dar un espacio a esa violencia, que aunque no se podía justificar, si cada día…uno vivía esa violencia cada día y sabía que esa violencia nacía en reacción a una violencia más institucional, más económica, más fría, más cruel.


¿Las personas encuentran un vínculo afectivo como en el sexo como en la violencia?

Más que un vínculo, es una la única manera de existir. Cuando a uno se le niega toda posibilidad de experiencia, de moverse, de sobrevivir, que no tiene nada. Trabajo con imágenes muy extremas Trabajo con poblaciones pobres, trabajo con poblaciones que son muy lejanas en la negación de toda humanidad. Esa gente para existir, para vivir, para sentir, tiene que inventar maneras muy excesivas de vivir; la droga, el sexo. Hay poco más que esto. No hay espacio para hablar, sólo hay espacio para olvidar. Es un espacio para la sensación narcótica, física, sexual es la única opción.

Las poblaciones se vuelven muy animales, y por eso me interesaba, porque aunque esas poblaciones, todo está basado sobre tragedias, miserias, dolor, muy profundos, por no tener otra opción. Esa gente tenía y tiene que inventar maneras inéditas de vivir. Casi que se puede resumir a la tragedia, en el sentido griego de la tragedia. Siempre encontré más dignidad, más grandeza, más fuerza, más belleza en la basura que en el mundo de la norma, de la normalidad.


¿Cómo cambia la relación con los sujetos que fotografías ahora que tienen acceso a la cámara con el celular?

Antes había una parte de misterio, había una relación, un vínculo de confianza, que creaba con mis personajes. Me dejaban hacer lo que hacía sin que supieron lo que hacía. Hoy con Internet ven las fotos, ya saben quién eres. Con muchas preguntas. Hoy todo mundo usa fotografía. Esas chicas usan la fotografía para idealizar su vida, cuando construyen imágenes. Cuando construyen imágenes, es una voluntad, una necesidad de construir belleza. Aunque en cada foto es muy diferente, tratan de construir alguna visión de felicidad.

Muchas veces peleamos porque ven mis fotos como muy oscuras. Obviamente mis fotos no son tan oscuras como su existencia, pero si ven mi foto como demasiado triste y demasiado violenta. Tratan de empujarme o atraerme hacia algo más bello, hacia algo más normal, más ideal.

Es muy humano esa necesidad de construir algo que te permita sobrevivir, que te da más fuerza, que te da más esperanza. Y mi foto no da mucha esperanza. Pero la confianza es tal que me dejan hacer (…) nunca tuve problemas con la gente que fotografié, siempre hay una relación muy fuerte en donde me permiten ir. Yo los sigo lo más que puedo aguantar y también los empujo más allá cuando no hay nada, cuando no hay dinero, cuando no hay opción, cuando no hay futuro, cuando no hay esperanza, cuando no hay vida, la única opción es el juego. Es jugar con la vida, jugar con la muerte, jugar.


¿Cómo navegas el mundo del arte para que tu discurso no se reduzca a ser visto como ‘pornomiseria’?

No puedo evitarlo, siempre hay incomprensión, hay desacuerdo, hay hipocresía, hay mentira. Lo único que puedo hacer es tratar de ser lo más honesto posible con lo que digo, con lo que vivo, con lo que defiendo.

Muchas veces tengo que luchar con la propia gente que me defiende. Mis peleas más fuertes y violentas han sido con mi agencia con mi galería, con la gente misma que me ayuda. Porque no hay compromiso posible.

El hecho de ser fotógrafo, de ser artista, de viajar, de salir, porque trabajo en lugares donde la gente muere: conoces a alguien a los 18 y a los 22 ya están jodidas. No hay manera de escapar, pero obviamente yo estoy afuera de esa dinámica porque tengo la opción de salir. Aunque tenemos los mismos vicios, al final, en algún punto, me voy a ir a otro medio, a otra comunidad, y esa capacidad de moverme me salva la vida. Ellos no tienen esa opción.

Los roles son claros, son diferentes. Lo saben mejor que yo. Trabajo y vivo con gente que son mucho más lista que yo, son profesionales de la sobrevivencia, profesionales de engañar en la gente, de luchar en la calle, en la noche. Me enseñaron todo lo que yo sé. Creo que esa gente tiene tan poca cosa que sólo la voluntad de compartir, de entender, de compartir un tiempo, un espacio, eso te lo agradecen y te dan mucho más de lo que esperas, de lo que mereces.


¿En qué momento decides que ya es suficiente en un lugar, qué sigue para ti?

Lo que decidí hacer es no morir como un yonqui y contar una historia. Sé más o menos lo que me falta para contar esa historia. Entonces, cuando ya he vivido, lucho mucho para crear esa relación de confianza. Estoy buscando algunas imágenes, algunas palabras.

Cuando siento que ya, después de luchar tanto, conseguir esa confianza y cercanía. Cuando ya tengo esas palabras y esas imágenes, tengo que seguir para conseguir otras palabras y otras imágenes. Es un proceso totalmente esquizofrénico y loco. Porque luchas para acercarte, y cuando estás cerca, te tienes que ir, pero ellos lo también lo saben.

La gente sigue sobreviviendo, sigue luchando, pero mi ámbito nunca fue entrar y quedarme. Siempre fue atravesar esa oscuridad y tomar esos elementos para construir algo que puede quedar, un poco más que los cuerpos, un poco más que las mentes.