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Antigüedades: lo valioso de poseer el tiempo en forma de objeto

El mercado anticuario vive un gran momento en México. Portadoras de un cúmulo de emociones, las antigüedades -objetos que tienen por lo menos 100 años- pasan de mano en mano determinadas por dos factores que no poseen relación directa: valor y precio.
Alfonso Meza
06 julio 2014 21:5 Última actualización 07 julio 2014 5:0
El vínculo emocional puede detonar el valor de un objeto tanto o más que su historia. (Eladio Ortiz)

El vínculo emocional puede detonar el valor de un objeto tanto o más que su historia. (Eladio Ortiz)

El amor a primera vista sucede. No importa si es alto, delgado, si tiene más de 100 años o ya muestra cuarteaduras. El vínculo emocional puede detonar el valor de un objeto tanto o más que su historia. Los anticuarios lo saben.

“La pintura retrataba la escena de un hombre despidiéndose. No era de un pintor famoso; la valuamos en 30 mil pesos”, recuerda Eduardo López Morton, gerente de antigüedades de Morton Casa de Subastas. “Lo curioso fue que, al mirar el cuadro, un hombre evocó la historia de su familia que emigró de España a México en el siglo pasado y lo compró en más de 300 mil”. Así explica el experto esa misteriosa motivación que lleva a la gente a conferir valor a ciertas cosas y a pagar por ellas.

Portadoras de un cúmulo de emociones, las antigüedades -objetos que tienen por lo menos 100 años- pasan de mano en mano determinadas por dos factores que no poseen relación directa: valor y precio.

Para Daniel Liebsohn, anticuario y coleccionista mexicano desde hace 25 años, este es un negocio celoso. “Puede andar muy bien dos o tres meses y, de pronto, el encarecimiento de las piezas pone todo a la baja. No hay garantías”.

El mercado en México vive un buen momento, afirma Rodrigo Rivero Lake, quien atribuye esto a la puesta en boga de lo vintage.
“Esa actitud -señala- funciona muy bien para los compradores primerizos. Los muebles u otros accesorios son relativamente jóvenes, no tienen más de 20 o 30 años, y resultan familiares para este tipo de clientes”.

La compra de antigüedades debe entenderse como una inversión -abunda Riverlo Lake-, porque la demanda y la oferta que se da a través del tiempo y de la eventual carencia de un objeto, condiciona un nicho de clientes cada vez más reducido”.

Gato por liebre
En La Lagunilla, los anticuarios compran o venden las piezas según la demanda. Libros, muebles, instrumentos musicales, numismática y trenes de colección son algunas de las cosas que más circulan. Sin embargo, la mayor parte de los objetos carecen de una certificación legítima.

Sin un grupo de expertos que los asesore para valuar su mercancía, los negociantes de ese mercado dominical recurren a técnicas empíricas como regatear u observar, a través del lenguaje corporal del posible comprador, su verdadero interés por una pieza.

También influye la utilidad de lo que se vende. “Si un taladro del siglo XIX aún funciona, su costo será mayor”, apunta Álvaro Torres, anticuario de La Lagunilla.

Junto a las herencias, las colecciones privadas abastecen las galerías de antigüedades y las casas de subastas. Para muestra, los más de 200 objetos que conforman la galería Daniel Liebsohn han pasado de una generación a otra, y sin la ayuda de un equipo de trabajo integrado por conocedores del tema, un preciso avalúo de las piezas no sería posible.
Actualizados en el pasado

El anticuario es sólo una de tantas piezas que forman parte de esta industria, observa Ana Garduño, doctora en Historia del Arte por la UNAM. “Rescatar, restaurar y revender define con exactitud el mundo de las antigüedades”.

Ante la inexistencia de una factura de autenticidad que respalde muchos de los artefactos del mercado, abunda Garduño, el prestigio de un anticuario se torna fundamental. “Ellos asumen el compromiso social de comerciar cosas legítimas, y un anticuario serio trabaja con un grupo de colaboradores expertos en la materia”.

Una vez ocurrido el “flechazo” del cliente, el anticuario serio fungirá como un asesor, dice Rivero Lake, para quien la clave del oficio está en el estudio constante; los errores suelen pagarse con creces: “En una ocasión vendí un cuadro de Ángel Zárraga en 8 mil dólares y ahora vale más de 500 mil”.

Rivero Lake, quien colabora con museos como el Centro Cultural de San Antonio Texas o el Museo de Monterrey, destaca que antes era más fácil transportar piezas de un país a otro porque el tráfico de apócrifos no era tan común. Las aduanas mexicanas han endurecido las medidas de seguridad justo porque ha aumentado considerablemente ese intercambio.

La sustancia de este negocio es la seducción; algo que Liebsohn atribuye a un cierto “misticismo” que le confiere a una pieza todo lo que ha pasado por ella hasta llegar a su nuevo dueño, que se sentirá orgulloso de poseer un objeto único que ha logrado imponerse al implacable tiempo.