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libreta de apuntes

Alma de marinero

El Barcelona recurrió al abolengo y comenzó, en la medida de sus posibilidades, a imitarse a sí mismo. Cuando cayó el gol de Sergi Roberto, todo se detuvo. El FC Barcelona había remontado la más imposible de las desventajas. Todo sucedió en 95 minutos.
Mauricio Mejía
08 marzo 2017 18:34 Última actualización 08 marzo 2017 18:38
El París era una resistencia sin comuna. El Barcelona una cruzada de la voluntad. (Reuters)

El París era una resistencia sin comuna. El Barcelona una cruzada de la voluntad. (Reuters)

El Barcelona acostumbró a sus fieles a pagar con insobornable sufrimiento el universal derecho al goce. Lo de hoy ha sido el colmo. Insatisfecho en su exigencia ritual de sacrificio, el cuadro catalán ha llevado el corazón de su hinchada al límite del infarto. La desventaja de 0-4 de la desastrosa ida a París fue poca cosa. Con un 3-0 sobre el Saint Germain en el Nou Camp, con la igualada a ojo de pájaro, los de Luis Enrique cometieron el error menos tolerable para el sistema de definición: el tanto de Cavani obligó a local a anotar otros tres en menos de media hora. Había relato en la osadía. No había más que noche en la lontananza del encuentro.

Perdido en la hombría, el club culé padeció de pasmos durante al menos diez minutos. Consumada parecía la labor de los franceses. El ánimo, la enjundia catalana provino de la animosidad de un altanero e inestable Neymar. Messi envejeció en el medio campo y Suárez quitó el dobladillo de la picardía, ese límite legal de la trampa. El Barsa navegaba sobre las olas del tedio cuando cayó el penalti de dudosa (o mentirosa) credibilidad. En las postimerías, con la cortesía del silbante y sus cinco minutos de descuento, el París se confundió en todos los sectores. La viveza que imprimió De María a su entrada al césped se apagó ante la reacción, más valiente que futbolística, del oponente que, como Lázaro, se levantó y anduvo. El boleto a cuartos se escurría entre los dedos del azar.

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(Reuters)

Echado pa´delante, el Barsa recurrió entonces al abolengo y comenzó, en la medida de sus posibilidades, a imitarse a sí mismo. Conocer es recordar, para Platón. Y algo quedaba en la memoria catalana de aquellos días idos en los que todo era facilidad y arte. Sin caer en la bravuconería, sabedor del colaboracionismo del central, el que es más que un club sacó las viandas para la épica. Fueron eternos los minutos de postre. El París era una resistencia sin comuna. El Barcelona una cruzada de la voluntad; ambición químicamente pura. Roland Barthes sostiene que el futbol es una forma de demostrar toda la aventura del hombre.

Cuando cayó el gol de Sergi Roberto, en la última jugada del tiempo, todo se detuvo. El FC Barcelona había remontado la más imposible de las desventajas. Todo sucedió en 95 minutos: la heroicidad, la hazaña, el ritual, el sacrificio, el error, la ventaja, la batalla por el ser el mejor con la pelotita, el momento cumbre en el que la Humanidad descubre la esencia de la voluntad en once corazones más grandes que los pechos y los riñones... Todo, hasta la mentira, fue cierto en Cataluña.