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Alemania se suicida en Marsella

Griezmann aprovecha dos descuidos de la maquinaria para llevar a Francia a la final ante Portugal; en 1984, la última en casa, venció a España.
Mauricio Mejía
07 julio 2016 20:23 Última actualización 07 julio 2016 20:23
Griezmann, el artífice del triunfo francés. (Reuters)

Griezmann, el artífice del triunfo francés. (Reuters)

La Resistencia ha triunfado en el Mediterráneo. Dos errores alemanes han significado el sello de una batalla intensa en la Euro 2016.

Griezmann, muy suyo, despachó al conjunto de Löw de un certamen en el que lucía como favorito, sobre todo después de pasar sobre Italia en la tanda de penales.

Desde el 58 que los franceses no vencían a su vecinos en juegos oficiales. Ayer el astro del Atlético de Madrid fue contundente cuando debió serlo, y dio el pase al local a la final del domingo, en la que encarará al suficiente Portugal que no despacha por el título desde 2004.

A La Maquinaria, cosa rara, le faltó precisión en el área rival, a la que asedió hasta el último minuto de descuento del segundo tiempo. Mucha pelota, muchos kilómetros, mucho espíritu, pero en el futbol se gana con un sólo argumento: el gol. Y los goles cayeron en su propio arco y los dos por errores casi groseros, insobornables.

Schweinsteiger asistió al aire acompañado de una mano en un cabezazo en el área. El central marcó inmediatamente el castigo y Griezmann fue contundente ante Neuer. Sonaba, casi, el final del primer tiempo. El marcador no era congruente con lo que sucedió en los primeros 45 minutos del encuentro, en el que los alemanes imprimieron la fuerza y el trabajo.

El sedán de los nibelungos naufragaba en Marsella, ante el asombro de la misma hinchada francesa. Cuando los equipos son tan elaborados, casi fábricas, cuesta mucha matemática solucionar sus averías. A Löw le sucedió anoche. Tenía 15 minutos para reparar los daños; las bajas en los repuestos jugaron, entonces, su partido. Hummels nunca fue tan extrañado como anoche. La lesión de Boateng incrementó los temores del míster alemán, en cuyo rostro se anunciaba la caída. La zaga era una alarma.

Cuando parecía que el espíritu sacaba a flote la voluntad, cuando parecía que el gran pleito lo disputaba Alemania contra el tiempo y no contra Francia, cuando la intensidad se jugaba en la otra media cancha, llegó la segunda errata de la defensa albinegra. Todo sucedió en segundos. Mal pase atrás, pésima salida de Neuer y atinada travesura de Griezmann. El tiempo redobló su presión contra los visitantes, a los que el destino les negaba otra vez la razón: más posesión, más estadística; menos goles, la ecuación no daba nada relativo. Todo era contundente.

Francia jugó a Napeleón ayer. Dejó que los alemanes pensaran el juego, que le dieran la vuelta, que lo estudiaran, incluso dejó que avanzara la artillería al borde de sus áreas. Pocas veces los francos han sido tan italianos como en esta semifinal. Juntaron tres centrales para que los laterales rivales enviaran centros como bombas predecibles. Si hay un gran mérito en la formación de Deschamps ha sido su inquebrantable línea de cinco. Muestra de ello fue la inoperancia en el área chica de Müller, un fantasma con pedigrí en la Euro: no ha anotado nunca en este concurso regional. Ayer siguió alimentando ese improductivo currículum. El ariete fue más volante que atacante. En cuanta pelota recibió estaba de espaldas al arco.

Fue entonces que Löw recordó la final del Mundial de 2014, cuando de la chistera eligió a Götze para cosechar una sorpresa en la meta contraria. Pero el futbol no tiene memoria, cada juego es único, el pasado sólo sirve en el futbol para la sobremesa y la tertulia.

Götze se sumó al embotellamiento alemán. Pocas veces se ha visto tanto desorden en los avances del sistema: carente de un delantero centro con pie de obra calificado, improvisa toques cortos en la frontera de la zona de peligro, esquemas que surten el daño deseado.

Mucho ejército no indica, necesariamente, ganar posiciones en el campo. Al contrario, en algunas ocasiones, suele ser contraporducente porque la pelota carece de guía, de mapa. El GPS germano no atinó en los penúltimos, pero sobre todo en los últimos pases ante la portería. Y así, su gran enemigo, el tiempo, fue consumiendo las pocas ideas relevantes de un ya muy, muy desesperado conjunto.

Francia sabe que los alemanes no se cansan hasta que están en el camión. Para asegurar el resultado volvió a lo que hizo en otros duelos de este torneo: pasar la pelota con cadencia. Llegó el momento en el que, incluso, paseó a Alemania, que ya olía a derrotada, a pesar de la insistencia en la altanería. Hay partidos casi estéticos, casi mágicos, en los que la pelotita se resiste a entrar en el arco. Fue uno de esos para los visitantes, a los que no se puede acusar de pusilánimes ni apáticos.

Lloris, para colmo, tuvo un lance de fotografía para salvar su meta de un gol de cabeza cuando el partido entró en fase terminal.

Ante Italia, el error de Boateng no causó daño letal. Los dos de ayer fueron, simplemente, un suicidio.