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Agonía y éxtasis en el Maratón de la CDMX

Entre el debate mental  del 'no puedo' y el orgullo por llegar a la meta, hubo más retos que superar en el Maratón de la Ciudad de México.
Axel Beissner
28 agosto 2017 22:31 Última actualización 29 agosto 2017 16:40
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(Especial)

La descarga de adrenalina tardó alrededor de 500 metros en llegar. Para algunos más, para otros menos, sólo para cruzar la salida de la edición XXXV del Maratón de la Ciudad de México, frente a una Plaza de la Constitución ocupada –esta vez no por integrantes de la CNTE– por los primeros espectadores. Atrás quedaron los entrenamientos y cualquier imprevisto.

Aún eran menos de las 8 de la mañana, pero las calles del Centro ya lucían llenas como en hora pico en un fin de semana regular. José María Pino Suárez, 5 de Mayo y Avenida Juárez –incluso Paseo de la Reforma– quedaron muy angostas para los miles de participantes, que en lugar de disfrutar su paso por los emblemáticos monumentos de la capital, perdían la vista en encontrar el espacio para avanzar y conseguir su ritmo de carrera.

La ida y vuelta de los primeros cinco kilómetros hasta Eje 2 Norte fue sin mucho público, el cual comenzó a aglutinarse en mayor medida hasta la Torre del Caballito.

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En medio de la vorágine de la gran competencia de la Ciudad llegaron los primeros “abandonos” que complicaban aún más la concurrida ruta, ante la inconsciencia de los afectados de permanecer en su sitio –cualquiera menos el correcto, a la extrema derecha– y obligar a los demás a forzar el físico (primero de los cuatro elementos básicos para competir) para rebasar, al tener que frenar o acelerar.

Total, si lo hacen al volante, ¿por qué habrían de cambiarlo a pie?
Con el transcurso del tiempo el recorrido se hacía viejo e inverosímil: atletas corriendo con sus mascotas opacaban a las pendientes con una inclinación ridícula (como la subida por el puente de Thiers a Ejército Nacional). El suplicio para la mayoría aún estaba por venir.

El bullicio subió de tono a la altura del Auditorio Nacional. Dando rienda suelta a su ingenio y dejando de lado cualquier tipo de pena, la gente acompañó sus gritos de apoyo con infinidad de accesorios, desde disfraces hasta instrumentos. Hasta ahí, todo bien.

Fueron los promotores de marcas –autorizadas o no– los que, al salir del Bosque de Chapultepec, comenzaron el caos. Jugando con la fatiga y el hambre de los competidores, un regalo, como una barra de cereal, se convertía en el objeto de deseo de muchos, que sin importar la forma, hacían todo por obtenerlo. Superados por la demanda, los proveedores no se daban abasto y entorpecían el tránsito.

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En el descenso sobre Reforma comenzaron a aparecer los primeros fanáticos ávidos de dar lo mejor de sí, insumos incluidos. Y es que el famoso “muro”, ese momento en el que el cuerpo se da cuenta de hay una falta de energía y no puede continuar, comenzaba a repercutir en lo mecánico (segundo de los cuatro elementos básicos para competir), obligar a cambiar los movimientos e incrementar el riesgo de lesión, por lo que cualquier ayuda o gesto de apoyo era bienvenido.

Sin embargo, fue en la Condesa donde se conjuntaron dos cosas: una exagerada hospitalidad de los seguidores, que terminó por ser invasivo en la reducción del espacio del trazado e incluso imposibilitaba la operación misma de los puestos de abastecimiento oficiales, con un desplazamiento del cansancio, el enojo, la frustración y todas las emociones de los corredores hacia el público.

Sortear brazos estirados –tanto de niños como de adultos– con productos como vaselina hasta fruta, se volvió parte de la proeza a partir de los 30 kilómetros, aun y cuando lo cardíaco (tercero de los cuatro elementos básicos para competir) estuviera entero.

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Con el incremento de las lesiones, los integrantes de los distintos cuerpos médicos buscaban dar alivio exprés para quienes pese a todo querían continuar, sin considerar tratarlos a la orilla misma del camino, ocasionando mayores congestionamientos.

“El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”, dijo Buda. Y asimismo quienes invirtieron meses en su preparación, como para dejarse vencer por cualquier eventualidad y llegar a la meta. Lo sicológico (último de los cuatro elementos básicos para competir) tomó mayor importancia.

Todo pese a carteles “de apoyo”, con la ofensa como motivación, como: “No llegaste hasta aquí para parar, así que sigue”; o con una esperanza poco alentadora como: “Ya sólo faltan 6 kilómetros”. ¿En serio es motivador después de 36?

Pese a todo, el paso por el túnel para ingresar a la pista del estadio Olímpico Universitario sí es una experiencia indescriptible. A pesar de que después de cruzar la meta hubo mucho camino más que recorrer hasta la zona de recuperación y de los puestos de souvenirs obstaculizando la salida.

Fue más que un maratón, fueron más de 42.195 kilómetros y, definitivamente, fue la satisfacción para miles de aficionados al deporte. Muchas felicidades a quienes superaron todas las barreras físicas y mentales, y a quienes con su ímpetu contribuyeron a ello