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Adriana Roel: la musa tímida

La actriz Adriana Roel celebra 60 años sobre el escenario y se prepara para representar a Chéjov. "Yo no presto mi cuerpo a los personajes; les entrego toda mi existencia", dice en entrevista para 'El Financiero'.
Rosario Reyes
31 julio 2017 21:25 Última actualización 01 agosto 2017 5:0
A sus 83 años, la actriz sigue experimentando. En el teatro, dice, siempre es requisito. (Braulio Tenorio)

A sus 83 años, la actriz sigue experimentando. En el teatro, dice, siempre es requisito. (Braulio Tenorio)

De hablar pausado y frases cortas, Adriana Roel no da entrevistas habitualmente. Lo suyo es actuar. Todo lo demás, asociado con la fama, no le interesa. “Pero además, ¿cuál fama?”, dice con un gesto tímido que se transforma en sonrisa cuando habla del público que la ha seguido durante su larga trayectoria artística.

“Me gusta mucho cuando la gente me detiene en la calle y me pide una foto o un autógrafo”, admite quien, de no ser porque su rostro ha estado presente en las pantallas de cine y televisión, así como en escenarios teatrales durante más de seis décadas, se revela como una señora de su casa, preocupada porque el café, preparado en prensa francesa, se sirva correctamente antes de comenzar la conversación.

Adriana, que de pila se llama Rosa María y lleva un apellido poco común, Gordeas Spoiler, fue alumna del director de origen japonés Seki Sano, quien comenzó a impartir clases de actuación en México con el Método Stanislavski, desconocido entonces en el país. Eran mediados del siglo pasado y la joven estudiante se distinguió, además de su talento, por su audacia. Se colaba en las clases que impartía en el tercer grado, cuando ella apenas cursaba el primero y, aunque el maestro la corrió del aula varias veces, terminó invitándola a sus clases particulares.

En esos tempranos años de formación, recuerda la actriz, descubrió que el teatro sería su vida. “Como yo, varios compañeros no teníamos mucha idea, simplemente queríamos ser actores sin saber lo que implicaba. Seki Sano nos ayudó a entender la importancia del análisis”.

“Yo no presto mi cuerpo a los personajes. Les entrego toda mi existencia”, dice sobre su trabajo de interpretación, que ha completado a lo largo de los años con su propio método de enseñanza.

En los 80, fue maestra del Estudio de Actores de México, que abrió junto a Mercedes Pascual y en el que se formaron actores como Susana Alexander. Hace alrededor de 20 años abandonó la docencia, dice, porque estaba descuidando la actuación.

Infinitas máscaras
Sus ojos azules han seducido a directores y dramaturgos por su expresión. Le dan un rasgo único, una belleza singular de la cual está consciente, pero que quiso trascender.

Nunca luce igual en los distintos proyectos en los que trabaja. Una característica muy atractiva para otros creadores; su voz grave y potente corre aunque la acústica del teatro sea deficiente, al interpretar roles de comedia o drama.

Su amplio rango de interpretaciones se puede ver lo mismo en una cinta de culto como Alucarda, la hija de las tinieblas (1978), que en Anacrusa (1979), sobre los movimientos estudiantiles, o en la más reciente película en la que apareció, No quiero dormir sola (2012), en la que interpreta a una actriz alcohólica en el retiro y afectada por la enfermedad de Alzheimer. Un rol que la directora Natalia Beristain diseñó con ella en mente.

No es la única creadora a la que ha inspirado: Hugo Argüelles le escribió en 1982 la farsa El cocodrilo solitario del panteón rococó, que no pudo estrenar, pero sí actuó en otra pieza que Argüelles le dedicó: La boda negra de las alacranas, a principios de los 90.

Benjamín Cann escribió para ella Rita Julia, y Beatriz Martínez Osorio, la obra Lou, la sibila de Hainberg.

Sólo el fallecido Vicente Leñero tuvo que dejar en proyecto una obra para ella. La actriz cuenta que la buscó en su casa y le habló del tema, que a ella le entusiasmó. “Pero mi exmarido, que era muy celoso, se puso fúrico y me quedé con las ganas de que Leñero me escribiera algo”, lamenta.

En 2008, el año en que ingresó por cuarta ocasión a la Compañía Nacional de Teatro (CNT), Adriana Roel compartía escenario con Silvia Pinal en Adorables enemigas, una comedia musical. Este año, cerca de cumplir una década en la CNT, se integrará al reparto de Éramos tres hermanas, de José Sanchís Sinisterra, en la que el director español hace una adaptación de Tres hermanas, de Antón Chéjov, y cuenta la historia de sus protagonistas 30 años después.

A sus 83 años, la actriz sigue experimentando. En el teatro, dice, siempre es requisito. “Tenemos una escuela y de ahí partimos por las diversas carreteras del mundo; yo soy una actriz creativa, me gusta crear a los personajes y luego redescubrirlos, porque lo que se entiende a los 20 años, no es lo mismo que se entiende 40 años después. La evolución de una actriz va consecuentemente con la vida vivida”.

Parte de su rutina en la preparación de un personaje consiste en reunir cuanto material sea posible para analizar la trama; lo extiende a lo largo de la mesa de seis sillas que tiene en su estudio y ahí pasa largas horas leyendo.

“No se trata de memorizar, es saber analizar lo que dice el autor y lo que dicen los personajes, porque todos, sean cuatro o 20, están describiendo una atmósfera, una serie de cosas que hay que conocer. Se trata de descubrir qué sabe el personaje y qué no sabe. También, qué es lo que yo sé como actriz y el personaje no”.

Con ese rigor se ha desarrollado durante más de 60 años de trayectoria.

“No sabría decir en qué época he aprendido más, con qué directores, escritores o compañeros. Desde luego, sigo aprendiendo”, dice. Aunque le es imposible distinguir de qué sabe más, si de la vida o el teatro.