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Abdiel Vázquez, gimnasta del piano

El pianista mexicano afirma que el talento es una piedra que debe ser pulida con ejercicio diario, y que tocar el instrumento de 88 teclas requiere lo mismo que la gimnasia: técnica, precisión, tenacidad y arrojo.
Eduardo Bautista
02 agosto 2017 22:34 Última actualización 03 agosto 2017 5:0
Abdiel

(Cortesía)

Tocar el piano es como la gimnasia. Requiere precisión. Técnica. Tenacidad. Pero sobre todo arrojo. Valentía para subirse a la viga de equilibrio —llámese Rachmaninoff, Bach o Mozart— y no caerse. Mantener el balance en la partitura sin temor a equivocarse. Dejarse llevar por la música, por la vida que, en ese momento, arriba del escenario, tiene 88 teclas.

Esa es la idea que tiene el pianista mexicano Abdiel Vázquez de su oficio, que desempeña donde quiera que lo llamen, en Nueva York, Londres o Ciudad de México. El 12 de agosto debutará como director concertador operístico en el Dicapo Opera Theatre de Nueva York, donde presentará La Flauta Mágica, de Mozart.

“Era mi sueño más grande, pero no me animé a realizarlo antes porque me faltaba experiencia. Un músico siempre debe esperar su momento”, dice vía telefónica desde Manhattan, donde radica desde hace varios años.

A sus 32 años ha logrado mucho de lo que un concertista anhela: una presentación en el Carnegie Hall —donde tocó el Concierto romántico, de Manuel M. Ponce—, un respetable historial en el Palacio de Bellas Artes, una función en el Guildhall de Londres al lado de María Katzarava, un álbum con óperas de Verdi y Wagner (Love & Death).
Pero este gimnasta de la vida sabe que no hay éxito sin disciplina, diplomas sin caídas, ni glorias sin descalabros.

(Dirigir ópera) era mi sueño más grande, pero no me animé a realizarlo antes porque me faltaba experiencia; un músico siempre debe esperar su momento


El talento, dice, es una piedra que debe ser pulida con ejercicio diario, con cuatro, cinco o hasta seis horas de piano al día, en sacrificio de reuniones familiares y fiestas. “La música es una profesión solitaria”, sostiene.

La humildad también juega un papel preponderante. Hoy su nombre está en el radar de México y el resto del mundo, pero le resulta imprescindible recordar sus orígenes, cuando Monterrey, su ciudad natal, le quedaba pequeña y debía tocar en un restaurante italiano todos los viernes por 500 pesos. El hueso en el que comienzan casi todos los músicos de este país.

Su maestro, Gerardo González, le dijo en alguna ocasión: “si en verdad quieres dedicarte de lleno a esto, debes irte de la ciudad, porque si te quedas, te vas a conformar con el aplauso fácil”.

¿Hubiera logrado todo lo que hasta ahora si se hubiese quedado en México?. “Posiblemente no”, contesta. Lo que más le causa curiosidad es que ahora lo llamen para tocar en Bellas Artes. “Pareciera que en México debes tener éxito internacional para que te busquen. Es nuestra idiosincrasia. No es queja. Pero no deja de llamar la atención que cuando eres desconocido nadie te apoya”.


Y TAMBIÉN NINE INCH NAILS
A los 19 años decidió que se dedicaría al piano de tiempo completo. “Fue uno de los momentos más cruciales de mi vida”. Estudiaba ingeniería en sistemas en la Universidad Regiomontana y, a la par, su carrera musical. Le encantaban los números, pero no imaginó su vida rindiéndole cuentas a una empresa y preparándose para la vida corporativa. Encontró placer en la partitura y en la íntima función de interpretar, porque “un intérprete nunca podrá expresar plenamente lo que quiso decir Beethoven”.

La gimnasia, dijo Platón, es un ejercicio espiritual para nutrir el alma. La de Abdiel se alimenta de la creación de grandes compositores que, dice, jamás podrá interpretar al 100 por ciento. “Nuestra tarea es dar nuestra propia visión de esas realidades”. Sin embargo, no se encierra en la cueva de la música clásica. También es profundo admirador de Radiohead, Nine Inch Nails, Queen y, recientemente, de los Beatles.

Luego de ganar el Concurso Nacional de Piano Angélica Morales en 2006 se cumplió su primer sueño: tocar en Bellas Artes con la Orquesta Sinfónica Nacional. Pero su hambre lo llevó a imaginar más. Ya no era Monterrey, sino México el que le quedaba chico. Ganó el Premio Nacional de la Juventud y consiguió una beca parcial en la Manhattan School of Music.

Lo que vino después fue trabajo diario. Ensayo y error. Como los deportistas de alto rendimiento, Abdiel entendió que debía entrenarse toda su vida sólo para ese momento especial, para ese concierto, para esa audición, para esa prueba que le daría la medalla soñada. Por eso su concierto en el Carnegie Hall, dice, es inolvidable.

“Pero sólo sentí la adrenalina antes y después de subir al escenario. Durante el concierto fue una presentación como cualquier otra. Sólo existíamos la música y yo. Un músico debe tener claro eso: cuando se interpreta, sólo existes tú y el instrumento. Toda la atención debe estar centrada en la música. De aquella noche recuerdo cada nota, cada compás, pero ningún temor. Cuando nos ponemos a pensar en todo ello es peligroso, porque entra el ego”, comenta.

El riesgo de la soberbia, admite, es inminente. “Un músico no debe permitirse el ego en ningún momento; es nuestro principal enemigo; aflora todo el tiempo. Luchar contra él es una batalla diaria. Y para lograrlo es necesario enfocarse en lo que realmente importa: la música, que es mi verdadera guía y estafeta”.

En la carrera de relevos, a Abdiel Vázquez no le importa ser el primero o el último en recibir la estafeta. “Por eso me tardé tanto en dirigir una orquesta o una ópera. Nunca busqué dinero ni fama. Simplemente hay que saber cuándo es nuestro momento”. En la música y el deporte, la gloria se alcanza en un instante.