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A gusto, lo nuestro

Los integrantes de El Gusto es Nuestro se dieron un banquete de vida, de larga vida. El recital del festejo parecía el dictamen de los abuelos a los hijos que ya tienen hijos mayorcitos.
Mauricio Mejía
26 febrero 2017 15:12 Última actualización 26 febrero 2017 15:14
El Gusto es Nuestro es una promesa, una fidelidad. (Cuartoscuro)

El Gusto es Nuestro es una promesa, una fidelidad. (Cuartoscuro)

Un técnico de futbol se queja con el directivo en una tira de Fontanarrosa: ¡Cómo estaremos con ese jugador que antes decíamos qué bien corre la cancha, luego dijimos qué bien camina la cancha y ahora no queda otra que decir qué bien habla la cancha! Una sentencia básica del boxeo sostiene que al ídolo se le perdona todo. En un país en el que los elefantes tardan varias muertes en morir, los integrantes de El Gusto es Nuestro se dieron un banquete de vida, de larga vida.

Un concierto es un acuerdo, una doble certeza. Cierto es que los cantantes hacen cantar a sus fanáticos a lo largo del romance que suele suceder también en los recitales de rock, de ópera o de salsa. El canto es el documento que avala la noche; el certificado de la experiencia.

Dos de los integrantes de la velada, Serrat y Ríos, se han declarado abiertos aficionados al deporte más lindo; Barsa-Madrid, en ese orden, las caras de la medalla del clásico del mundo. Y ambos, viejos lobos esteparios, han pasado de correr el escenario, a andarlo, a hablarlo. El recital del festejo parecía el dictamen de los abuelos a los hijos que ya tienen hijos mayorcitos.

Víctor Manuel, el encargado del descorche, anticipó las reglas del convenio: habría palabras en el orden del día. Muchas palabras. México, España, la Guerra Civil, los primeros viajes a Tenochtitlán, un toque a Trump, la primera gira de los cuatro en la Monumental Plaza de Toros México, las enchiladas, los tacos y lo bonito que sentían cuando se presentaban en ésta, su segunda casa. Serrat, a mitad del foro, habló de su mujer, de la edad, del blues del autobús y de la solitaria vida de los hoteles, sin faltar, desde luego, la parranda mexicana. El Auditorio Nacional era una paciente y risueña alegoría de paja. Suave. Había relato. Había un antes, un durante y una segura despedida en el acuerdo musical: Serrat ocupa, ya irremediablemente, un lugar en el corazón de los mexicanos. Se sabe. Se tienen ambos, cantautor y público, en el bolsillo del alma. Y ambos le levantan la falda a la luna para que a la noche se le pase la mano.

Miguel Ríos, el combativo, el Drácula de la sangre de neón, se tomó la molestia de portavoz de la resistencia. Del cronómetro final del convivio a él debe atribuirse una locación de largometraje. Tenía mucho qué decir y mucho dijo: Trump es un hijo de puta, por citar lo inolvidable. Miguel, de 72 años, alquiló las cuerdas vocales recién vendidas para la aventura de la Niña, la Pinta y la Santa María. Se dejó ver. La juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo, dijo Esquilo. Poco faltó para el oxígeno y los primeros auxilios. El viejo comandante del rock en español, el matador de muchas plazas, desenvainó la espada: quizá sea la última vez que nos veamos, exclamó sin evocarlo.

Allí el secreto del nocturno. Entre los cuatro -Ana Belén, la más discreta en el lenguaje, la guapa y musa- y sus escuchas había algo peculiar, algo preciso, como el bisturí: repertorio. Sí, cierto, concierto, la Guerra Civil, el idioma, la libertad, Machado, Alberti, Hernández, Asturias, el México de los brazos abiertos, la poesía; sí: el amor, los escenarios, el no citado –pero implícito- Franco, la Moncloa, Suárez, Echeverría, Felipe González, la movida, la Comunidad Europea, Lázaro y Cuauhtémoc Cárdenas, el EZLN y un largo, larguísimo y lo que sigue… ellos y éstos pertenecen al diario de viaje de los que cantan y los que escuchan, que cantan y cantan. Hay un acuerdo explícito entre los lados de la mar. Generoso, mucho, Ríos al poner la estrella de los vientos con la Oda a la Alegría de Beethoven, como intermediario romántico entre dos corazones que se hablan, a veces, cuando se necesitan. España vino, México se va con los españoles. Raro. El mundo raro de Hispania en el que la Satudarday Night Live no se olvidó de José Alfredo, el poeta del tequila y las luciérnagas.

El Gusto es Nuestro es una promesa, una fidelidad. No por lo que viene, Trump. No por la España, otra vez pobre y racista. No por México, corrupto y en guerra con el narco. No. No. Lo que se vio y vivió en esta gira es algo sutil: es una promesa al pasado, a la nostalgia, a lo que lleva la carne entre las venas: los viejos días que no volverán y es mejor que no recaigan. Lo trascendente de estas noches de invierno, cuando el hielo es sienes y boca, es que vendrá, afortunadamente, la Primavera de la lengua, y cuando el sol nuevo se anuncie todo volverá a ser el repertorio de lo que memoriosos ya vivieron. Fue una noche de hablar el escenario. Fue una despedida, el adiós que nunca se va, porque siempre es ayer y ayer es una tenencia.

El Gusto fue de ellos, de los que creyeron que la vida era posible.