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CULTURAS 

¿A dónde se fue nuestro sentido del humor?

La corrección política y el malestar social han provocado que el sentido del humor del mexicano sea más sensible hacia el mundo que le rodea.
Eduardo Bautista
17 octubre 2017 22:19 Última actualización 18 octubre 2017 5:0
tomatazo

(Especial)

Sigmund Freud decía que todo chiste encubre una verdad. Hubo algo de cierto en eso cuando hace más de un siglo los mexicanos inventaron aquel chascarrillo sobre su presidente: “Cuando Porfirio Díaz llegó al cielo, Dios no se levantó a recibirlo por miedo a que ocupara su trono”.

¿Pero qué sucede cuando los de arriba se burlan de los de abajo o cuando las mayorías se burlan de las minorías? Al payaso Platanito no le fue nada bien al hacer un chiste sobre el incendio que cobró la vida de 49 niños en la guardería ABC. Tampoco al cantante Juan Cirerol con su tuit del sismo del 19 de septiembre.

Hace casi 90 años, André Breton dijo que México era tierra fértil para el humor negro. Tal vez ya no. Hoy esa clase chistes son cada vez menos recurrentes, pues la corrección política y el malestar social han provocado que el sentido del humor del mexicano sea más sensible hacia el mundo que le rodea, consideran en entrevista expertos consultados por El Financiero.

“El humor se ha vuelto menos agresivo contra las minorías. La violencia de género ha influido mucho. Si hoy alguien cuenta un chiste misógino —como a los que nos tenían acostumbrados las grandes televisoras— seguramente encontrará opositores que ya no se rían”, señala la actriz Marisol Gasé, quien lleva casi 25 años haciendo humor político y cabaret con Las Reinas Chulas.

Hoy, una buena parte de la sociedad mexicana considera burdo el chacoteo homófobo de Polo Polo o las bromas misóginas de Jo Jo Jorge Falcón, asegura el cantante Fernando Rivera Calderón, quien durante una década se dedicó a la sátira política en el programa radiofónico El Weso. “Lo políticamente correcto ha cambiado nuestra manera de concebir el humor.

Los chistes sobre homosexuales o sobre esposas abnegadas ya son mal vistos en un país de feminicidios y cultura machista. La realidad ha afectado nuestra manera de reír. Más que un asunto de corrección, es un asunto de sensibilidad”.

Ahora, dice Gasé, no se puede hacer mofa de cualquier gordo, pero sí de Agustín Carstens, por avaro. “No de cualquier lesbiana, pero sí de Beatriz Paredes, porque además es ratera”.

Jorge Ibargüengoitia escribió en Ideas en venta que el sentido del humor, per se, no tiene ninguna función: no es un guardafangos, un mofle o un muro de contención. Sí es, en cambio, una herramienta para ver la realidad dentro de una perspectiva determinada: no se va a reír de lo mismo un trabajador que un patrón; un campesino que un empresario.

“Los mexicanos, desde siempre, hemos practicado un humor que se burla de la víctima: el mismo que ejercieron los caciques sobre sus campesinos, los sindicalistas sobre sus trabajadores, los heterosexuales sobre los gays y los machistas sobre sus esposas. Es una herencia maldita: el humorismo de la sumisión que, además, practicamos los sometidos”, observa Rivera Calderón.

Si bien el humor nacional es multicolor —negro, rosa, blanco o ácido— hay una constante: “al mexicano le gusta reírse de sí mismo pero no le gusta que se rían de él”, considera el productor y comediante Jorge Ortiz de Pinedo.

Octavio Paz escribió en El Laberinto de la Soledad que el mexicano frecuenta, se burla, acaricia y festeja la muerte como si se tratase de su juguete favorito o su amor permanente. Sin embargo, dice Ortiz de Pinedo, hoy este pueblo le tiene más miedo a la muerte que nunca. Sus rutinas, sobre todo en el interior de la República, han cambiado porque los lugares de esparcimiento —centros nocturnos, cabarets o teatros— cierran más temprano o dejan de operar a causa del crimen organizado.

“La gente tiene miedo y está enojada. No le gusta ver cómo se burlan de ella la corrupción y la delincuencia cada vez más organizada. Su enojo se ha traducido en un humor más agrio. El lenguaje se ha vuelto menos creativo y ha dado lugar a la grosería, al insulto”.

Rivera Calderón sostiene que el pueblo mexicano ha perdido la inocencia en muchos niveles; por eso, a diferencia de 1985, no hubo chistes durante ni después del sismo del 19 de septiembre. Gasé coincide: “Después del temblor, los mexicanos asumimos una actitud de: ‘le vamos a partir la madre a quien haga un chiste’”.

¿Y SI DEJAMOS DE REÍR?
El recién fallecido monero Eduardo del Río Rius es un termómetro para medir la risa del país. Ni siquiera él, uno de los caricaturistas con mayor trayectoria, tenía deseos de seguir haciendo humor durante sus últimos años de vida. “Estaba desencantado de la realidad y decía que ya no quería hacer más caricatura”, comparte el cartonista Antonio Helguera.

Algo similar le sucede a Rivera Calderón: “desde hace mucho que me cuesta trabajo reírme de lo que sucede en este país. Cada día me siento más como el payaso Garrick, del que escribió Juan de Dios Peza, que ríe y llora al mismo tiempo”.

Sin embargo, observa el standupero Héctor Suárez Gomís, se le ha dado demasiada importancia a los políticamente correcto. Para él, la comedia no puede realizarse bajo ningún precepto moral, religioso o social. “Ni un chiste ni un cartón ni un stand up deben seguir reglas. La comedia nace del dolor y de la verdad. Evidentemente tocará fibras y provocará molestia, pero no podemos seguir reglas”.

Ortiz de Pinedo afirma que los chistes han sido los mismos desde siempre, pero la manera de contarlos no. Ahora, por una cuestión de corrección política, los cómicos no pueden reírse de los demás, pero sí de sí mismos, asegura. “Por eso los standuperos, hoy tan de moda, hablan en primera persona. Ya no se burlan del chaparro, sino que ellos se asumen como uno para que la gente se ría”.

A Rivera Calderón le parece hipócrita que no se le llame a las cosas por su nombre. Advierte que hay gente que parece que integra el tribunal del Santo Oficio y tiene una fijación especial por el lenguaje, por decirle “persona de color” al negro o “discapacitado visual” al ciego.

“He contado chistes que mi interlocutor toma como agresiones porque no tiene la inteligencia para entender la ironía o el sarcasmo. Hay épocas, decía Kundera, en las que la gente deja de reírse y se vuelve estúpida. Fue lo que sucedió en la URSS de Stalin”, recuerda.

Suárez Gomís —quien sí vacila sobre las diferencias culturales entre mujeres y hombres— afirma que se retirará de la comedia cuando tenga que cambiar un chiste por alguna razón de corrección política. “Es más importante ser honesto que ser chistoso”, asegura.

Aunque el humor no es una solución, coinciden los entrevistados, sí es una válvula de escape para una sociedad tan fragmentada como la mexicana. Después del temblor, a Rivera Calderón se le ocurrió hablar del centenario de El Santo en su programa, pero mucha gente tachó de insensible ante la tragedia.

“Eso también es intolerancia. Como la gente que acusa de racista a Cri Cri por haber compuesto El Negrito Sandía. Se les olvida el contexto en que fue lanzada esa canción. Pero somos correctos cuando nos conviene, porque la corrección política no entra a los estadios, donde se sigue gritando ¡Puto! —o ¡Puta!—cuando esas, muchas veces, son las últimas palabras que escucha un mexicano antes de ser asesinado”.